Es un tema amplísimo. Abundante literatura existe al respecto y en una columna es imposible abarcar todos los aspectos, sin embargo, abordaré uno en esta oportunidad.
La responsabilidad del fenómeno migratorio debe ser compartida, tanto por los países emisores como por los países receptores. Dentro de las causas más recurrentes son la pobreza, la inseguridad y los deficientes sistemas de salud en los países en los que esas necesidades hacen que sus ciudadanos busquen mejores opciones de vida.
Generalmente el migrante decide irse de su lugar de origen, porque en él no encuentra mayores expectativas; no es un fenómeno reciente el de la migración y no es privativo de los pueblos centroamericanos o antillanos.
Brasil en 1914 fue el país que recibió mayor número de migrantes en el mundo; a Venezuela llegaron muchos Irlandeses, y en Chile y Argentina recibieron numerosos Alemanes, sobre todo los pamperos a donde llegó una enorme cantidad de inmigrantes de España, Italia, Rusia y Austria, compartiendo con Uruguay la recepción, de todo ese flujo de personas antes, durante y después de la primera y segunda guerra mundial.
A Europa llegaron también en su momento en la década de los cincuenta numerosos trabajadores procedentes de Argelia, Líbano, Turquía y Siria principalmente. Durante la primera guerra mundial, la diáspora de Armenios y Rusos fue enorme el arribo de ellos a Francia e incluso a Australia.
Estados Unidos ha sido en la época contemporánea el centro de atención y propósito fundamental de los migrantes, por las condiciones de vida que ofrece. Simplemente después de la segunda guerra, casi 10 millones de mexicanos en la parte sur y casi dos millones de francocanadienses en Nueva Inglaterra nos demuestran ese particular interés.
Por ello, ha desarrollado políticas de ayuda a las naciones necesitadas, ello con el fin de reducir ese flujo migratorio para que en los países de origen se ofrezca una mejor calidad de vida y que no busquen en otro lo que tienen en el suyo; sin embargo, la corrupción de los gobiernos de los países receptores, que no canalizan la ayuda adecuadamente, es lo que hace una bolsa rota el esfuerzo.
La responsabilidad es compartida. Es una obra de caridad cristiana ayudar al prójimo y es loable, pero también es trabajo de ese prójimo administrar correctamente el recurso que se le proporciona. Por eso, tanto los gobiernos de los países ricos como los de los países pobres, emisores y receptores, tienen una responsabilidad compartida.
En lo individual, en la medida de lo posible, prestemos ayuda a nuestros hermanos migrantes; ellos son los menos culpables de las decisiones que toman sus gobiernos; finalmente son hermanos nuestros, sin distinción de razas, etnias, nacionalidades.
Ya en otra entrega me ocuparé de otros aspectos de la migración; por lo pronto adquiramos la conciencia de ayudar a nuestros hermanos migrantes y una forma sencilla de hacerlo es llevando en el carro ropa, comida y cuando los veamos en las esquinas pidiendo la generosidad, compartamos con ellos lo que la bondad de Dios nos dió.